Fertilidad

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Hace unos días estuve moderando una mesa redonda sobre fertilidad en Barcelona. Tuve la suerte de poder escuchar ,antes de darle paso a mis ponentes –todas mujeres estupendas, altos cargos de empresas o universidades-, a los magníficos médicos del Hospital Quirón Barcelona, que se dedican a investigar sobre estos asuntos, tan importantes son para los seres humanos. Y más hoy que nunca, cuando pretendemos sobrepasar todos los límites establecidos por la naturaleza y procrear fuera de plazo.

Cuando digo esto, yo, madre cuarentona de dos niños pequeños, lo digo con conocimiento de causa. Tuve un hijo a los treinta –ya pensando que era madre añosa- y dos en los cuarenta, cuando ciertamente lo era. Mi suerte fue la condición de “coneja” heredada, que me libro de tener que recurrir a las técnicas de fertilización.

Sin embargo, ahora que veo a mis dos hijos pequeños y soy consciente de la suerte que tuve, me pregunto que habría pasado si, cuando por fin encuentro al hombre de mi vida y me caso por segunda vez, la naturaleza me dice que se me ha acabado el tiempo.

En nuestros días, todo va muy deprisa, pero también muy despacio. Los años corren a toda velocidad pero, sobre todo las mujeres, tardamos en colocarnos, en conseguir estabilidad laboral y sentimental y en medio de tal vorágine, nunca encontramos el momento oportuno para ser madres.

Por suerte, igual que la posibilidad de controlar la natalidad a través de la píldora, el DIU  y las demás alternativas, nos dio la opción de organizar y disfrutar de nuestras vidas, ahora las técnicas de fertilidad nos permiten alargar el tiempo de nuestro reloj biológico.

Eso sí, es necesario que sepamos que, salvo en casos excepcionales como el mío, a partir de los treinta y cinco años, cada vez tenemos menos óvulos y de menor calidad y cada vez existe un riesgo mayor de Síndrome de Down y todo tipo de malformaciones.

¿Qué hacer en previsión? Pues, algo tan sencillo como congelar esos óvulos antes de los treinta y cinco y desde luego también, en el caso de que nos diagnostiquen una enfermedad, como el cáncer por ejemplo, de la que podemos curarnos totalmente, pero tras un tratamiento que, en muchas ocasiones, provoca esterilidad.

Concienciar a la población joven femenina de que guarde sus óvulos por lo que pueda pasar el día de mañana es ofrecerle un poco más de esa libertad que la naturaleza nos cercena a las mujeres. Porque los hombres llegan a los cincuenta despreocupados –aunque algunas veces su esperma, por mucho que no lo quieran reconocer es de pésima calidad-, mientras que las mujeres que no han sido madres, llegan con esa espada de Damocles pendiendo sobre sus cabezas.

Es cierto que existen otras alternativas como son los óvulos donados –es decir de otra mujer- e incluso la posibilidad, allende nuestras fronteras, de recurrir a un vientre de alquiler y por supuesto la adopción…

Pero como está claro que los hombres y las mujeres deseamos de alguna manera trascender y la manera más común de hacerlo es a través de la propia sangre, conviene pensar sobre ello para que, al menos, el día de mañana, las chicas que hoy creen que nunca se les acabará el tiempo, lleguen a ese día en el que empiezan a pensar lo contrario sin agobios…¡Al menos de fertilidad!

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